Carta abierta al señor surf

Que todos mis amigos del surf disfruten de las olas que estará bombeando el atlántico este finde.

A mí ya me llegó bien hace unos días. 

Sinceramente, tras 16 años desde que empecé, probablemente estoy en el momento que más veces me pregunto si no estaría mejor haciendo cualquier otra cosa que metido en el mar de otro país, con montañas en forma de agua abalanzándose sobre ti y tú escapando hacia el fondo para que la gran masa desfile por encima y puedas volver a emerger para volver a seguir sorteando nuevas embestidas hasta llegar a zona segura.

Pero entonces ahí, ves que un montículo se eleva. Entonces calculas si estás correctamente situado, te das la vuelta y empiezas a remar con los brazos. Notas un empujón, empieza una bajada y entonces envías la tabla a tus pies.

No te caes por el hueco. Sostienes el equilibrio y adoptas posición. Bien, no la hemos cagado y parece que ya vamos. Cogemos velocidad. Pasamos al lado de dos o tres chavales que remontan de coger olas con una facilidad que a ti se te antoja muy lejana. Ellos te miran, pues incluso si no logras seguir bajando esa rampa, podrían darse la vuelta y subirse ellos. Pero respetan la prioridad y miran con curiosidad viendo como este viejoven forastero al fin se ha pillado una.

Llevas ya más de diez segundos y parece que la ola aún se abre y va a dar más de si. Me creo Kelly por unas centésimas. Entonces la barra se cierra, las espumas ya asoman y solo queda intentar salir dando un salto. Vuelvo a tragar agua. Lanzo una especie de alarido de satisfacción.

Pues sinceramente, a día de hoy, salir a correr media hora me encanta. Lo disfruto, necesito esa sensación varias veces a la semana. Y en la práctica, seguro que me compensa mucho más que hacer surf, las pocas veces que puedo en los últimos años.

Pero por lo menos de momento, solo por esas mariposas en el estómago cuando vas en coche hacia la playa, solo por ese momento de sentarse y mirar a un horizonte silencioso, por ese sabor a salado. Solo por coger esa única ola. Por eso, merece la pena seguir, al menos un poco más.

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